Afrontar el reto de mejorar nuestra vida es algo muy serio.
Afrontar el reto de mejorar nuestra vida es algo muy serio. Es algo que nos preocupa a todos. En realidad es la gran tarea de todas las personas. Nuestro mayor reto. Y posiblemente el primer paso para ello es darnos cuenta de que, en esa tarea, somos simultáneamente el escultor y la escultura; el artista y la obra. Nosotros diseñamos lo que somos y cómo queremos vivir. Pero solo lo podemos hacer con los materiales que tenemos. Y esos materiales son, nuestro pasado, las circunstancias que nos han tocado vivir, y los pensamientos y sentimientos que se derivan de ello. Y con esa materia prima vamos viviendo nuestro presente e imaginando nuestro futuro.
Pero hay algunas diferencias substanciales en la constitución de esas materias. De todas ellas, solo hay una, el pasado, que no podemos alterar, que no podemos cambiar. Pero con frecuencia ocurre que muchas personas extienden esa limitación a las otras dos materias, los pensamientos y los sentimientos. Y ahí empieza el problema, porque a partir de esa idea, nos sentimos seres limitados y sin mucho poder sobre nuestra vida, nuestro bienestar y nuestra felicidad.
Y la maravillosa realidad es que somos todo lo contrario. Somos seres muy poderosos. Nuestra mayor arma es la capacidad de decidir nuestros Estados Internos, cómo me quiero sentir, con independencia de las cosas que pasan a nuestro alrededor. Permitir que las circunstancias, lo que ocurre, decidan y gobiernen el cómo nos vamos a sentir, no es otra cosa que regalar ese poder que tenemos a eventos sobre los cuales no tenemos frecuentemente ninguna capacidad de controlar. Las cosas pasan, y cuando pasan, lo que toca es hacerse cargo de ellas. Pero si yo pienso que las cosas “me” pasan, empiezo a sentirme y a ser víctima de las circunstancias. Cualquier evento, por pequeño que sea, me afecta, y me afecta porque yo estoy dando permiso para que lo haga, le estoy confiriendo poder. Puede ser el tráfico, puede ser una mancha de café en el vestido, el llanto inoportuno de mi hijo, una negativa de mi jefe a un pedido o simplemente, una mala cara de cualquier persona.
Todas esas son cosas que pasan todos los días. No las decidimos y no las podemos evitar. Lo que sí podemos hacer es decidir cómo sentirnos y qué hacer a partir de ahí. Ninguno de nosotros decide las cartas que le han tocado en su vida, pero todos decidimos cómo jugar con esas cartas. Con mucha frecuencia en mi práctica profesional de coaching me encuentro con personas que gastan todas sus energías en regañar a las cartas que le han tocado, renegando de ellas continuamente. Y eso les deja extenuados y sin fuerzas para asumir lo que toca hacer, lo que podemos hacer. Es decir, jugar la partida con esas cartas de la mejor forma posible. Pero también vemos personas que, habiéndoles tocado en el reparto unas cartas que consideramos dramáticas, van por la vida con una sonrisa y una liviandad que no podemos comprender, pero que envidiamos. Y cuando no podemos nosotros hacer eso, el único recurso que nos queda es pensar que nuestras cartas son peores. Que el otro, en nuestra circunstancia, también estaría “mal”.
Es decir, empezamos a usar los otros dos materiales, pensamientos y sentimientos, no para estar bien, a pesar de las circunstancias, sino para justificar el por qué estamos así de mal. Le quitamos, de hecho, todo el poder transformador a los dos instrumentos con los que realmente podemos cambiar. Y somos muy eficaces en ese proceso. Hablamos de felicidad todo el día pero con demasiada frecuencia nuestras acciones y decisiones cotidianas nos encaminan más hacia la senda de la infelicidad.
Fuente de procedencia | maestros-o-aprendices-como-decidimos-caminar-por-la-vida/

No hay comentarios:
Publicar un comentario